tu#16 - a singapur los pasajes
Thursday, March 29th, 2007Bien atrasado, como tiene que ser, empiezo un recuento de mi periplo de una semana y tanto por Singapur, Cambodia y Tailandia. En varios sentidos este viaje me recordó mucho el que hice en tierras más hogareñas por Perú con un montón de amigos el 2005, así que si de repente se me salen comparaciones entre ambos, ya saben de donde son. La idea de esto es hacer un posteo largo eso sí, separado en varias partes. Muchas cosas que contar, y muchas etapas en el viaje demasiado claramente marcadas para no aprovecharlas. Predigo por lo menos cuatro posteos sobre el viaje, así que agárrensen.
El viaje se empezó a planear hace bastante. Sabía que algo tenía que hacer para mis vacaciones de primavera (claro, primavera local, lo que vendría a ser nuestras vacaciones de verano chile)1, pero el proyecto original incluía partir en gira por China con un amigo gringo, Chris, que tenía ganas entre otras cosas de darse una vuelta por el desierto de Gobi, que hay que decirlo, suena interesante. Además, habla chino, lo que siempre es bueno yendo a China. Tantas eran las ganas que hasta saqué visa, que ahora lamentablemente sólo ocupa espacio en mi pasaporte (hay que decirlo, un espacio abacanado, con una visa china, pero de todos modos, en términos prácticos, es sólo espacio perdido). Y bueno.
Al poco andar, y por varias razones, el viaje a China no pasó, y decidí subirme al carro de Sera, que planeaba otro viaje a Tailandia. Ella lo que quería era ir a Bangkok por sobre todas las cosas, y conversando con ella yo decidí que yo lo que quería era ir a Angkor Wat, en Cambodia, por sobre todas las cosas. Y conversando sobre el viaje con una amiga singapurense (sip, ese es el gentilicio, raro, ¿verdad?) ella me dijo que por qué no nos íbamos a Singapur primero, que nos servía como puerto de entrada, y ella aprovechaba de mostrarnos la ciudad. Y así fue. El viaje estaba armado. Un día antes de que esta amiga se fuera a Singapur con su pololo tuvimos reunión para planear y reservar pasajes y compramos pasajes ida y vuelta de Tokyo a Singapur para irnos el 26 de febrero y volver el 8 de marzo. Poco tiempo, pero tenía que hacerlo caber entre un concierto al que iba a ir el 22 y la llegada de José Tomás el 9. Más sobre eso más abajo.
Como todo no podía salir tan fácil, unos días antes de salir recibí una llamada de nuestro agente de viajes/sanguijuela que me dijo, por teléfono y en japonés (una combinación que no se las deseo), que los pasajes los había hecho a nombre de Sera Talmer, y el apellido de Sera era Palmer. Yo, sin entender mucho del problema, le dije si no se podía cambiar el nombre, o cancelar la reserva y volver a hacerla, pero él no, que no que no que no, y entre que yo ya me estaba dentrando a exasperar con el tipejo este y que mi japonés no es tan bueno, le pasé el teléfono a Sera. La cosa es que aparentemente, la única opción era pagar 15.000 yenes más para reservar pasajes al día siguiente, esto es, el 27 en la tarde. A esas alturas yo ya estaba rasgando vestiduras. No sólo teníamos que pagar más plata, sino que teníamos un día menos, y ni siquiera podía putear al gusano ese como se merecía, porque hablaba en japonés. Apretando los dientes, y repitiendo en mi cabeza que en el futuro me iba a reir de todo esto, decidimos seguirle el juego y salir un dia después.
Nuestro avión salía ese día en la tarde, y un día de un calor completamente extraño en Tokyo en esta fecha, salimos en el eterno viaje a Narita. Después de un bastante normal viaje de 7 horas a Singapur llegamos al aeropuerto de Changi. En el vuelo aprovechamos de ver películas (las primeras películas que veo desde que llegué a Japón que no han sido bajadas de internet, si descontamos una vez que agarré una versión doblada al japonés La Momia en televisión abierta).
Llegamos a Singapur como a las 12 de la noche, y Nat y Vic nos estaban esperando con el primer auto al que me he subido desde que llegué a Japón. Con las primeras cucharadas del calor que nos esperaría en el resto del viaje todavía esparciéndose por nosotros, partimos rumbo al barrio indio de Singapur a probar comida singapurense. Aparentemente, la principal atracción turística.
Singapur es varias cosas a la vez. En primer lugar es un país. Pero también es una isla2, y una ciudad, y una de las sumas más extrañas de etnias que me ha tocado ver. Ahí conviven principalmente cuatro grandes grupos: chinos, malays, indios y tais. Y a pesar de llevar viviendo así, juntos tanto tiempo, están sorprendentemente poco revueltos. En la misma ciudad, compuesta básicamente de pura gente de afuera, todavía tienen un bario indio (Little India), un barrio chino (Chinatown), un sector malay, que no caché cómo se llamaba, y probablemente un sector tailandés al que no tuve la oportunidad de ir… creo. Y bueno, de entrada cada uno de esos grupos habla su propio idomia (sic) con los suyos, e inglés (bueno… singlish, para ser más exacto, lah) con todos los demás.
Es divertido también la cantidad de problemas raciales que tienen para ser una ciudad que está armada como está. En el par de días que estuvimos ahí me tocó varias veces oir comentarios de mis huéspedes que dejaban ver barreras bastante profundas entre los distintos grupos. Y por si fuera poco, también entre los miembros de esos grupos que ya llevaban harto tiempo viviendo en Singapur y los recién llegados.
El lado más visible de Singapur, por el contrario, es una ciudad tremendamente desarrollada, y sorprendentemente adaptada al limitadísimo espacio con el que cuentan. Por ejemplo, el terminal de Changi esta a un lado de la carretera que lo une con la ciudad, y la pista está al otro lado. Los aviones pasan en un puente sobre la carretera para llegar de un lado al otro. Los edificios del centro de Singapur son completamente increíbles, y parecen sacados de una especie de Blade Runner menos ficticio. No me tocó ver sectores demasiado pobres de la ciudad, nada como lo que iba a ver días después en Cambodia (y definitivamente fue el lugar con más plata quel llegué a ver en todo el viaje), pero quizás era eso mismo lo que le daba un aire un poco opresivo.
Singapur es entre otras cosas famoso por sus multas y demases. “A fine country”, dicen. “They fine you for this, and they fine you for that”, y aunque no me tocó que me multaran por nada, sí me dio la impresión de que era una ciudad en la que las cosas tenían espacios, y salirse de esos espacios no era algo que se pudiera hacer. Quizás es porque no estoy acostumbrado a tanto control, porque a pesar de lo pelota que soy con los sistemas de cosas y lo cuadrado que soy con cómo creo que las cosas debieran ser, tengo algo que todavía me recuerda que a pesar de todas las buenas intenciones, las cosas no van a quedarse nunca dentro de las líneas, y es precisamente cuando uno se sale del dibujo para pintar cuando empieza a ponerse entretenida la cosa.
No me malinterpreten. Singapur también tiene algo de eso. Una de las primeras cosas que nos tocó hacer fue ir al barrio rojo a ver a las mujeres paradas al borde de la calle. En un momento pensé contrabandearme un foto de la calle, pero una conversación acalorada en singlish con un proxeneta enojado después decidí que mejor que no. Aparentemente, el comercio sexual en singapur es muy grande, y mueve mucha plata. Sin embargo, está restringido sólo a un determinado barrio (el mentado Red Light District) y sólo a funcionar en unas especies de burdeles. A pesar de eso, justo afuera de esos burdeles legítimos es donde se mueve la mayor cantidad de carne, por así decirlo, y literalmente las mujeres estaban en vitrina en toda la vereda, por cuadras y cuadras. Demás está decir, claro, que el comercio sexual no sólo se queda en ese barrio. Hay también unas casas de putas menos reconocidas fuera de ese sector, normalmente disfrazados como casas de masajes (algunas veces con mensajes delatores como un cartelito que anuncia un sospechoso “all races” justo abajito de los masajes). Y también están los sectores donde uno puede parar en auto y subir travestis, aparentemente conocidos en Singapur como New Men. Nos dijeron que el sector de los travestis era un estacionamiento. Freak.
Todo esto, por supuesto, o derechamente ilegal, o en el borde de la ley. Reconocido por todos, pero aceptado también por todos. Ahora sí me siento más en casa.
La comida es el otro gran participante de Singapur. A diferencia de lo que yo estaba acostumbrado tanto en Chile como en Tokyo (y en la mayoría de los otros lugares de los que he oído), la costumbre aquí es ir de local en local, comiendo de a poquitos. De hecho, hay unos lugares que se llaman Hawker Centers en donde hay un montón de mesas rodeadas de locales de comida y uno va a los locales que le gustan, compra cosas y se va armando una mesa de comida. Suena un poco parecido a un food court como cualquiera cuando lo pongo por escrito, pero créanme que no tiene mucho que ver. O quizás sí, pero si fuera un food court hecho con puras picás.
Generalmente los distintos hawker center tienen especialidades (o por lo menos Vic parecía tener clarísimo qué cosas eran buenas en qué centros y qué otras no tanto), y como la ciudad está muy sectorizada (ver más arriba) en general los tipos de comida que uno encuentra en los distintos lugares también están más o menos ordenados. Y la gracia es que como Singapur es una ensalada de países, todos con tipos de comida muy particulares, uno siempre encuentra algo freak que comer o ver preparar. A mí, por ejemplo, no me había tocado hasta ahora chuparle la carnecita a una pata de pollo. El testimonio gráfico puede ser no apto para menores de edad eso sí… con las falanges y los tendones tirados ahí… sólo para los fuertes de estómago (o los que tengan ganas de ver una foto con un plato de comida a medio coemr, que es casi lo mismo).
Aprovechamos también de agarrar las últimas decoraciones del año nuevo lunar, o Chino (dependiendo de qué tan nacionalistamente no-chinos sean) que duran en total como un mes, y aparentemente vale la pena celebrar. Por lo menos eso he oído de la gente en Singapur y en China. Fuimos a un parque que todavía estaba entero decorado, con unas esculturas hechas de alambre y papel con los animales del horóscopo chino. Realmente bonito.
Aquí termino la primera parte. Ya se ha alargado demasiado y están empezando a volar vientos rosados en Tokyo, lo que me indica que hay otros posteos que también debería escribir…
- Divertido que en Japón le digan vacaciones de primavera - 春休み - a las vacaciones que terminan en primavera, y nosotros le digamos vacaciones de verano a las vacaciones que empiezan en verano. Claro, quizás tenga que ver con que es más emocionante tener vacaciones en primavera que en invierno, o con que las vacaciones japonesas están un poco desfasadas con las nuestras, más tiradas hacia la primavera (parten un mes después, terminan un mes después), pero de todos modos es divertido. Por lo menos yo lo encuentro divertido, y este es mi blog, ¿bueno? [volver]
- En verdad es una colección de islitas, como 60 y tantas, pero para todos los efectos prácticos, es una isla grande. [volver]




