Así es, 東京にいます。Estoy en Tokyo. Ni yo puedo creerlo la verdad. La foto que ven la tomé cansadísimo, en el avión, sin tener ninguna buena idea de qué hora era. Lo único que importaba en ese momento era cuánto faltaba para llegar. La hora local era completamente irrelevante, principalmente porque era casi siempre la misma. Yo creo que eso fue lo peor del viaje: once horas de vuelo, y siempre de día! Salimos a las 12:30 de LAX, pero llegamos a las 3:45pm. Terrible.
Lo bueno de toda la aventura aeropuertística fue que se estrecharon los lazos entre los pasajeros, lazos que normalmente ni existen. ¿Cuánto se estrecharon? Lo suficiente para haber tenido una escolta personal al hotel, y una invitación a comer sushi en cinta transportadora a la llegada a Tokyo. Me explico: en el vuelo conocí a un tipo que no sé muy bien quién era, pero era un político japonés (había sido el embajador en Mongolia por trece años, pero no sé cuál es su trabajo actual) y con él a una estudiante de la Universidad Waseda (otra de las que tienen convenio con la Católica) y a tres estudiantes de Todai: まっむら そうや、おう しょうりん y よしもと ひでき. Sōya, Ōrin y Hideki (Ōrin es chino, así que usan un sobrenombre). Ellos, viéndome cara de perdido y haciendo gala de la cordialidad japonesa (y probablemente divertidos conmigo, hay que aceptarlo), me dijeron que podían llevarme al hotel, me ayudaron con las maletas y, una vez llegado al hotel, me invitaron a comer. Así no más. Se resistieron a que pagara. Lo intenté. Varias veces, pero no hubo caso. Hideki, en todo caso, dijo algo de que la próxima la pagaba yo. Veremos. Yo feliz con que haya una próxima.
Pero bueno, la llegada. Luego de un viaje bastante largo en tren (yo con una sonrisa incontrolable de oreja a oreja), y de una brevísima caminata, llegamos a Sakura Hotel, sólo para enterarme de que mi reserva, tan diligentemente arreglada por mí por mail, con tanta antelación a mi viaje, se había ido a las pailas por el atraso y posterior cancelación de mi vuelo. Así no más. Pasé de tener pieza single para mí solito, con toda la privacidad y el agrado, a compartir pieza con siete personas más (de las cuales las dos que conozco ya son bastante simpáticos). El disgusto, eso sí, me duró hasta que me metí a la ducha y abrí mi maleta para sacar ropa limpia y me pude poner desodorante mío propio sin tener que bolsearle a nadie. En verdad, un paraíso. De ahí, arreglé un poco mis cosas y salí en busca de 白山駅 (hakusan-eki, estación hakusan) para comer sushi en cinta transportadora.
El sushi comido así, como me dijeron mis nuevos amigos, es とても安い鮓 (sushi muy barato), sushi de estudiantes. Sin embargo, todavía no me convenzo de que $250 por un nigiri sea “muy barato”. “Barato” quizás, y quizás parte de lo que se paga es la variedad y, diablos, que es sushi en Japón. De cualquier modo, estuvo rico y a la salida mis acompañantes hicieron completamente imposible que pagara mi parte, a pesar de que antes habían dicho que íbamos a pagar por separado.
De vuelta en el hotel, me dormí sin saber demasiado bien la hora, y a la mañana siguiente la despertada fue bastante así también, porque al despertar ahí si que no tenía idea de la hora que era. Podría haber sido las tres de la mañana o las doce del día. Además, las cosas se complican porque duermo compartiendo la pieza, pero del modo más privado posible. Me explico: la pieza tiene cuatro camarotes. Cada una de las camas está rodeada de una cortina lo suficientemente gruesa para tapar toda la luz (TODA), así que uno nunca sabe bien si hay o no alguien en alguna de las camas. La pieza entera, además, está en el subterráneo, por lo que ya de entrada es un lugar oscuro alejado de la luz natural que tanto nos informa de la hora local (qué buena es la luz natural). Por eso, te despiertas a alguna hora misteriosa, completamente oscuro, los sonidos que llegan de afuera no tienes como saber si son de mañaneros o de gente decente que se despierta a una hora decente, o qué, y tratas de moverte lo menos posible para no despertar al tipo que duerme debajo de ti, al tipo que duerme inmediatamente al lado tuyo (separado sólo por una cortinita) o al tipo que duerme enfrente tuyo, separado como por 70 centímetros de pasillo. Afortunadamente, he ido descubriendo con el tiempo que a la gente, una vez que saben la hora que es, le gusta despertarse más bien temprano, o por último no te joden si los despiertas por despertarte tú temprano. Todo bien, pura buena onda.
Una vez despierto, sábado 23 de septiembre, me econtré con Pato-san (mi amigo que estudia historia y que también está en Japón, y con el que habíamos quedado de juntarnos en Tokyo para que lo acompañara a un examen de Iaido), que me dijo que no había podido ir a Tokyo porque todos los pasajes estaban copados por una convención de juegos. Y entonces me acordé de todo: el 22, 23 y 24 de septiembre se celebraba la Tokyo Game Show 2006, y yo estaba en Tokyo. Dicho y hecho me puse a averiguar cómo ir, lo que resultó un tanto intimidante. Cuento corto, tras una hora de viaje más o menos llegué a mi estación y pregunté en el centro de información turística dónde estaba la TGS. Cuando me dijeron, un extranjero que estaba al lado me dijo “sigue a todo el mundo”, y efectivamente, parecía que todo el mundo estaba ahí tratando de llegar a la convención.

Es verdad, la foto no es muy buena, pero hay que tomar en cuenta que ni yo me la creía mucho y que me la saqué solo. Una vez dentro, sin embargo, la cosa cambió bastante. Llegué bastante tarde, por lo que lo primero que hice fue comer (ya eran como las dos de la tarde). Me comí un plato de ラーメン (ramen, noodles japoneses), que son bien baratos, bien calientes y bien sabrosos. Lo que sí, aunque me avergüence un poco aceptarlo y en una de esas cambie de opinión en el futuro, tienen un olor que me recuerda mucho (peligrosamente mucho) al zoológico del San Cristóbal. Miedo.
Cuando llegué a la convención la cosa ya estaba bastante cocinada. Los discursos inaugurales ya se habían dado, los lanzamientos grandes ya habían pasado, y lo que quedaba era, principalmente, un montón de gamers haciendo cola para jugar juegos de Playstation2 y 3, NintendoDS, PSP, XBox360 y de cuanta otra consola habida y por haber uno se puede imaginar (incluso había un par de juegos para PC, y un montón de juegos tremendamente evolucionados para celulares), ejecutivos cerrando los últimos tratos de la tarde, y miles y millones de promotoras con poca ropa, alegres de posar para la foto que les pidieras con tal de entregarte el folletito que tenían. Las modelos iban desde algunas cosas relativamente normales a cosas derechamente freak.

Para qué decir lo impresionante que eran los juegos. Había uno que se llamaba Dungeons&Dragons Online que le puede interesar a mi hermano, que por supuesto también tenía su modelo freak con sus poses exóticas. Saqué algunos videos de demos de juegos, y de modelos (con poca ropa, ¿necesito decirlo a estas alturas?) jugando Wii (que no se podía jugar jugar, pero se podía ver, y resulta bastante increíble) que pretendo subir a YouTube prontamente para su disfrute, así que esperensen nomás.
Después de todo eso, cuando ya había decidido que la cosa no daba para más, se empezó a acabar todo (con cancioncita de “Es hora de decir adiós” de fondo) y las modelos de todos los stands salieron a hacer fila para saludar al público y agradecer la asistencia, lo que generaba un espectáculo de lo más… interesante, como pueden imaginarse.

A la salida, uno se daba cuenta en todo caso de que la convención no sólo estaba repleta de mujeres solícitas y a medio vestir, sino que estaba repleta de gente (porque a todo esto, cuando me aprontaba a salir me topé con un pabellón entero que no había visto, en donde estaba, entre otras cosas, el stand de “overseas” en donde estaba ATI y Autodesk y otras cosas y el de Mocosoft y su XBox360). Y cuando digo repleta, me refiero a que estaba realmente repleta. Nunca había visto tanta gente. La cagó. La cosa no habría sido tan importante, digo el superávit humano, si no nos hubiéramos tenido que estrujar todos en una línea de metro para llegar a algún lugar remotamente cercano a algo. La cosa fue bien impactante, sobretodo porque sólo algunos habían sido lo suficientemente precavidos para comprar sus boletos antes de entrar al TGS. Todos los demás mortales tuvimos que hacer una de las miles de colas para llegar a las maquinitas de boletos.

Después de horas más de regreso, vagué un poco por la ciudad (a regañadientes más que nada, porque me bajé en otra estación y no estaba ni ahí con pagar otra vez, que ya es lo suficientemente caro) y llegué a tiempo al hotel para comerme algo (カレーライス, curry rice, arroz con curry) y dormir. Eso fue ayer. Dejo lo que hice (y voy a hacer) hoy para mañana (qué complejo). Por el momento, me apronto a salir con Sooya, Hideki y Orin a un 居酒屋 (いざかや, izakaya, pub estilo japonés). De ahí les cuento cómo estuvo. Hasta entonces.
でわまた後で!